La otra casa

Vamos por la vida sin apreciar lo irrepetibles y codiciados que somos. Y tomamos una ducha como si nada, y tiramos la ropa en una esquina, y acariciamos un gato, y cenamos y vivimos como si nada.

Pero esa ropa solo huele a nosotros, y ese gato escogió venir solo a sentarse en nuestras piernas entre todos los regazos del mundo, y alguien sería capaz de cualquier mentira con tal de esperar sentado en el baño para alcanzarnos la toalla.

Y tenemos hobbies, y vamos al trabajo, y gastamos en eso horas y horas y horas. Mientras tanto, esperan por nosotros para nacer las sinfonías, las películas, los libros y las vacunas que no se le han ocurrido a nadie.

Tú lo sabes. Te encabrona que se rasure a solas las piernas, como un trámite, mientras a ti la imagen te acelera. Lo peor es que no puedes entender cómo concilia el sueño sabiéndose sin ropa, a solas con ella misma, sin siquiera masturbarse. ¿Cómo es posible que beba tanto y la borrachera no le dé por llamarte nunca? ¿Cómo puede ser tan leve y catastrófica, tan impredecible como imprescindible, tan inoportuna como inevitable?

Tranquilo, bróder. Tu situación no mejorará, pero no es extraña. Alguien soñará, digo yo, con tu barba, aunque estés calvo, y con tu espalda, aunque estés raquítico, o con tu voz, aunque no pares de hablar. De seguro existe la persona que considere adorable que a tu edad todavía saques la mano por la ventanilla del auto y juegues con el viento como si fuese un avión y tú en eso ni piensas.

No te estoy diciendo que eres especial, sino que tu manera de sentirte hacia ella es mediocre. Que seas todo para alguien no significa que seas algo.

Vivo en tu cabeza, bróder, lo sé todo. ¿Cómo quieres no parecerme un chiste si harías cualquier cosa como si nada por alguien, pero al resto se lo negarías todo? ¿De verdad crees que te voy a tener por un tipo hermoso si todo lo bello que eres capaz de producir sale del egoísmo?

No te hagas el difícil. Asume tu patetismo que, de todas maneras, se te nota. Evita el estoicismo de ocultar tu melancolía a flor de piel, que a estas alturas ya lo tienes dominado y solo lo haces porque sabes que vas a singar por simpatía con alguna incauta que se cree que va a sacarte una espina que no existe ya: solo el hueco por donde pasan el aire y el sol, que te quema como a la piel de los albinos.

Sí, ya sé que huele bien, que la luz de su habitación proyecta las sombras exactas, que te mira y no te puedes aguantar decirle lo mismo, aunque te juraste que la última vez era la última, que no lo puedes disimular porque te entiende y si bien eres buen mentiroso y te creería cualquier ofensa, jamás te creería que ya no la quieres.

¡Y ni hablar del sexo! Si tus manos fuesen de verdad los aviones que sacas a la carretera, preferirías que estallasen en llamas en las montañas de sus nalgas, que levantarlos nunca de la pista de aterrizaje de su espalda.

No te machaques, bróder. Te tengo la solución.

Tu error es tratar de olvidarla, de no quererla más, de que no te importe. ¿!Estás loco¡? Tus textos son una mierda, tus fotografías, genéricas, y cantas regular. Lo único realmente valioso que has producido en la vida son esos sentimientos. Querer deshacerte de ellos es como tratar de desarmar un origami para conservar la hoja: es más difícil que armarlo y el papel siempre quedará arrugado.

Goza tus sentimientos como el arquitecto de una mansión a la que no puede entrar después de terminadas las obras y sorpréndete para bien si el propietario te invita, una vez al año, a la cena de navidad.

Ese día hártate, emborráchate, aflójate la corbata, canta desafinado y tírate con los zapatos a la piscina. No rompas nada, que no es tu casa, pero la hiciste tú.

Al otro día, márchate, feliz de la resaca, mirando el paisaje monumental de millones de sentimientos construidos para otros. Desvístete, dúchate, come algo y acaricia al gato sabiendo que esas cosas tan simples son el desvelo de alguien. Mira a tu alrededor y piensa con ternura en quien, sin preguntarte, construyó para ti ese espacio irrepetible y codiciado en el que habitas.

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