El ómnibus infinito

Foto: Cynthia Deus

“Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido.

“Evoquemos una situación de lo más trivial: un hombre camina por la calle, De pronto, quiere recordar algo, pero el recuerdo se le escapa. En ese momento, mecánicamente, afloja el paso. Por el contrario, alguien que intenta olvidar un incidente penoso, acelera el paso sin darse cuenta”.
Milan Kundera

La lentitud

Sentado en una parada esperas el ómnibus. No tienes apuro, te acabas de bajar de otro y llueve. Prendes un cigarro. ¿Cuántos te puedes haber fumado ya? ¿setenta y cinco, ochenta mil en tu vida? No importa, estás a tiempo de dejarlo, y aunque a veces toses por las mañanas, aún eres joven y saludable.

Subes los pies en el banco y recuestas la cabeza a la columna de hormigón. ¿Fumando en la parada? ¿Con los pies levantados? ¡Tú nunca harías eso delante de la gente! ¡Claro que no, cabrón! Te estoy describiendo una imagen sobre tu vida, la parada no existe y probablemente ahora estás tirado en el sofá torturándote porque en vez de leer, juegas a la Playstation aunque ya eres un tipo de mediana edad. ¿Yo? Soy lo que te habita, bróder, el nefilim que provoca tus erecciones, tus borracheras y tu necesidad constante de morir de amor.

Sueltas el humo, y aunque nadie te mira, piensas que te ves hermoso y profundo. Si ella pasara por aquí ahora y pudiera observarte así, seguramente se dejaría de estupideces y entendería lo excepcional que eres, pero está lloviendo. Te equivocas, no hay nada que puedas hacer para traerla de vuelta, porque nunca estuvo, ya cumpliste, y funcionaste, ya terminaste. Las cosas que deberían ser para siempre, nunca lo son.

Te aburres y el aguacero aprieta. Estás en una parada inundada y te comienzas a sentir como Chihiro esperando el tren para ir a casa de Zeniba. ¡Coño, este delirio te lo debí haber contado en una estación de tren, no de ómnibus! Culpa tuya. Es imperdonable que con lo viejo que estás no nos hayas llevado a ninguna ciudad que tenga metro.

Se acerca algo. Lo de las luces delanteras bajo la lluvia es un lugar común, pero te lo menciono porque sigue siendo una linda imagen y ayuda a la atmósfera del relato. Para, abre, te empapas, te montas, pagas el pasaje y te vas al fondo: allí no te empujan y siempre te ha gustado mirar el paisaje por la ventanilla. Da lo mismo a dónde vaya, terminarás bajándote en medio de un aguacero.

Allí, junto al único asiento vacío, está la mujer nueva. ¡Tiene unos ojazos! Redondos, claros y complejos, como huevos de Fabregé de cristal. Vas a sentarte junto a ella, pero tiene una maleta enorme ocupando el sitio. Te mira, mira a la maleta: “disculpa que no te libere la silla, es que pesa muchísimo”. Entiendes, su equipaje es grande y tú, además, estás ensopado por la lluvia y ella, seguramente, no se quiere mojar.

Está oscureciendo. Ya no se ve nada por las ventanillas. Un ómnibus puede ir muy rápido o muy lento, según quien lo mire. Un viaje solo, a ningún sitio, es igual que estar parado, pero con el exterior borroso. Empiezas a tener frío y te comienza a pesar la mochila. ¿Qué mochila? Esa con un hueco en la que llevas la laptop, la cámara, un poemario de Lorca y los preservativos por si ella te llama (ella aparece una vez al mes, eres patético, bróder). No tiene nada que ver que no haya mencionado antes la mochila: deus ex machina le dicen, soy un puto genio del suspenso.

En fin, que no tienes deseos de estar parado, mojado, tiritando, con dolor en la espalda y sin nada que ver por la ventanilla. Ya tomaste la decisión de bajarte, solo que no la ejecutas. Mides tus opciones: puedes quedarte en ese viaje de mierda, puedes bajarte en la próxima parada a fumar y sentarte a ver qué ocurre, puedes irte a pie… Todas son una porquería por motivos diferente.

“Muchacho, no te di el asiento, pero te puedo llevar la mochila”. ¡Ahora sí te jodiste, cabrón! Ahora no hay quien te baje de este puñetero ómnibus.

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