Un interminable pradera al sol

“Era una inmensa pampa de granito; su color, gris; en su llaneza, ni una arruga; triste y desierta; triste y fría; bajo un cielo de indiferencia, bajo un cielo de plomo”.

José Enrique Rodó

 

“(…)

“Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte”.

César Vallejo

 

A veces uno está ansioso por recibir golpes de la vida. Toneladas de granizo encendido en la cabeza, un terremoto silencioso que te derrumbe más allá de las palabras, una catástrofe ensañada en tu belleza, o una fiera envidiosa de tu alegría, para poder escribir líneas como “muerte en vida”, “agonía eterna” o esas cosas tan injustas con los ojos ajenos (ya uno sabe que no es capaz de escribir “golpes como del odio de Dios”).

Pero no. No hay una gota de agua que anuncie una inundación, ni un jirón de ventolera presagio de la tormenta. Solo un sol permanente, nauseabundo. Un sol que te marchita sin destruirte, que te acelera las arrugas y la calvicie, que te envejece rauda y mediocremente, sin haber recibido una bala en el corazón: es sabido que ciertas formas del amor y la muerte se encuentran solo en el país de los jóvenes.

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Clara, Eva y los monstruos

Amalia Gaute en Jack the Ripper: no me abraces con tu puño levantado, de Agniezka Hernández

El 28 de abril de 1945, Clara puso el pecho ante las balas que estaban destinadas a matar al hombre que amaba. Le dieron la oportunidad de salvarse, no quiso. De haberse negado los fusileros, hubieran tenido que amarrarla por el resto de sus días para que no fuera a enterrarse viva con él.

El tipo no era de los que muchos considerarían que se merece tal arrojo por parte de una mujer treinta años más joven, hermosísima, refinada. Una mujer que no era ni siquiera su esposa.

Es cierto que la consentía con el roce suave que solo saben dar los puños de hierro, pero era un monstruo, que tuvo el peor de los finales (como pocas veces pasa en la historia humana). Y ella lo acompañó, como si Fay Wray hubiera decidido subir el Empire State a espaldas de King Kong.

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¿Un café?

Gracias por venir. Tu compañía es muy bien recibida. Sabe quien tiene que saberlo, que eres, por suerte, un alivio: el cigarrillo que se fuma para olvidar el hambre, el alcohol que, dizque, anestesia las pasiones sobrias, la mujer en la que pienso cuando no quiero pensar en esa mujer.

Tal vez estoy hablando de más. Voy a explicarte tu importancia.

Ella, ese día, fumaba. Lo hacía poco en público porque pensaba que se veía torpe. La realidad era que, cuando prendía un cigarro, el mundo se volvía blanco y negro, a la ciudad le salía grano de celuloide y el humo de desde su boca parecía el vapor saliendo de una taza de café sobre una mesita en la terraza de Les Deux Magots.

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La otra casa

Vamos por la vida sin apreciar lo irrepetibles y codiciados que somos. Y tomamos una ducha como si nada, y tiramos la ropa en una esquina, y acariciamos un gato, y cenamos y vivimos como si nada.

Pero esa ropa solo huele a nosotros, y ese gato escogió venir solo a sentarse en nuestras piernas entre todos los regazos del mundo, y alguien sería capaz de cualquier mentira con tal de esperar sentado en el baño para alcanzarnos la toalla.

Y tenemos hobbies, y vamos al trabajo, y gastamos en eso horas y horas y horas. Mientras tanto, esperan por nosotros para nacer las sinfonías, las películas, los libros y las vacunas que no se le han ocurrido a nadie.

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