El ómnibus infinito

Foto: Cynthia Deus

“Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido.

“Evoquemos una situación de lo más trivial: un hombre camina por la calle, De pronto, quiere recordar algo, pero el recuerdo se le escapa. En ese momento, mecánicamente, afloja el paso. Por el contrario, alguien que intenta olvidar un incidente penoso, acelera el paso sin darse cuenta”.
Milan Kundera

La lentitud

Sentado en una parada esperas el ómnibus. No tienes apuro, te acabas de bajar de otro y llueve. Prendes un cigarro. ¿Cuántos te puedes haber fumado ya? ¿setenta y cinco, ochenta mil en tu vida? No importa, estás a tiempo de dejarlo, y aunque a veces toses por las mañanas, aún eres joven y saludable.

Subes los pies en el banco y recuestas la cabeza a la columna de hormigón. ¿Fumando en la parada? ¿Con los pies levantados? ¡Tú nunca harías eso delante de la gente! ¡Claro que no, cabrón! Te estoy describiendo una imagen sobre tu vida, la parada no existe y probablemente ahora estás tirado en el sofá torturándote porque en vez de leer, juegas a la Playstation aunque ya eres un tipo de mediana edad. ¿Yo? Soy lo que te habita, bróder, el nefilim que provoca tus erecciones, tus borracheras y tu necesidad constante de morir de amor.

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Nubes

Seguramente ya nunca te fijas en las nubes. Yo recuerdo que, de niño, cuando te aburrías de contar los mosaicos del suelo en aquella enorme casona derruida de la calle Río, o cuando descubrías por fin a qué parte del patio las hormigas se habían llevado las alas de las cucarachas, pasabas horas esculpiendo nubes.
Era difícil encontrar una que no tuviera forma definida: un zapato, Voltus V, la Isla de Cuba. Los animales, los barcos, los aviones eran más fáciles.
Y hasta aquí el recuerdo edulcorado de la niñez humilde, despreocupada y feliz.
Ya luego entraste en la adolescencia, te enamoraste, comenzaste a lidiar a trompicones con la presión social de la escuela y descubriste la masturbación –tarde, pero telúricamente-.
En algún momento alrededor de los 13 años, entre la primera vez que alguien te amenazó con una navaja y el primer trago de ron con tus amigos, entre la primera mala calificación y la primera burla por tu modo de vestir, dejaste de creer que las nubes eran sólidas y sobre ellas se caminaba y saltaba con gravedad reducida. Debe ser por la época en que, en vez de mirar al aire libre, tu imaginación se trasladó a espacios privados mientras cerrabas los ojos y pensabas en las piernas de ella.
Entre la primera vez que eyaculaste en el baño y tu primer salario, lo único que hiciste fue prepararte para lo que vendría. Ser adulto te asentaba. El sexo, el alcohol, la política, el mercado del arte.
Te venían bien hasta el desamor, las lágrimas, el trabajo de mierda, el país pequeñito y la insolvencia, porque te daban motivos para quejarte de las maneras más creativas. A todo el mundo le gustan los torturados.
Otras nubes se formaron. En tus pulmones, la nube de humo de los clubes, y en tu cerebro, la nube de nieve que aspirabas de las mesas de cristal para centrarte en el ahora, para sentir solo tal cosa, para pensar solo tal otra. Y el vaho del sudor de las mujeres sin nombre te disolvió el de ella, y un tornado de papeles con cifras arrasó con tus libros de poesía, y un temporal de reuniones tapó el sol. Ni te acordabas de las nubes del patio.

Los años te drogaron. Tu edad se volvió adicta a ti y te recompensó con el dinero, el alcohol y las minifaldas. Todo lo que te regaló, sucedía de noche, cuando no hay nubes. Todo lo que te cobró, y pagaste resignado, sucedía de día. Las puñeteras nubes con el fondo azul solo eran un gas deforme que tus amigos atravesaban en aviones, que ya no eran de nube, para irse al carajo y no regresar.
¿Cómo no las ibas a odiar? Mientras eran visibles, estabas amarrado a un reloj, trancado tras un e-mail, rehén de planes, estrategias y programas.
Hasta ese día en que, en pleno mediodía, durante una resaca enorme y tras gritar, como de costumbre, a aquellas personas que cobraban por aguantarte, las nubes se hartaron de tu ausencia de imaginación.
Fue tan estentórea la tormenta que se cortó la electricidad. A falta de contratos en PDF, e-mails y hojas de cálculo, hiciste un avioncito de papel. A falta de iluminación y aire acondicionado, abriste la ventana, prendiste un cigarrillo y lanzaste el origami.
Parecía que no caía. Ninguna aeronave de papel había durado tanto en el aire. Más que descender, parecía subir. Viéndolo planear, recordaste aquellos ojos, aquellos animales, aquellos barcos… Te regresó al presente el cigarrillo quemándote los dedos.
¡Mierda, se esfumó! Y mientras volvías a poner la vista en la lontananza, buscando tu avioncito de papel, una figura puntiaguda, con un par de alas de nube, se formó ante tus ojos en el cielo gris azulado de la tormenta que comenzaba a amainar.

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El fin de las estaciones

De cualquier cosa se muere la gente. Del corazón, de los pulmones, de salir a la calle y de quedarse en casa. Cada motivo para estar vivo, tiene, además, en su anverso, la menos deseable de las causas de muerte.

Falta la gente de consuelo ante los pesares, vive muriendo por amor, por odio, por ideales, incomprensión, desamor, hastío. Por el apetito del propósito esquivo, por el despropósito de andar sin apetitos, por la letra tachada, por los ojos no vistos. Por la miseria que no es suficiente para matar de hambre, por el agujero en el techo que por más que se escudriñe, no muestra nunca un cielo con diamantes.

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Énfasis blanco

“Voy a morir sin ver la nieve

qué hubiéramos adelantado

bajo la nieve harinosa

esa pequeña aventura en

nuestra luz:

el paso de un astro, la carrera

de una estrella.

(…)

“Y quedará la luz, bróder, la luz

y no otra cosa”.

Sigfredo Ariel

Un golpe de luz y un trago de ron no son recomendables para la inteligencia emocional ni la dignidad de nadie. Así que no le des demasiadas vueltas, bróder, que todos somos criaturas risibles en nuestros mejores días, y despreciables con más frecuencia de la que estamos preparados para aceptar.

Y ahí estás, trancado en casa por una pandemia que te tenía que haber tocado a los diez años o a los setenta, no en el pico de tu atractivo sexual e intelectual; o por una invasión extranjera, o porque tu propia cabeza es tu peor enemiga y te tiene amarrado en el sofá, con tu cerveza y tu cigarro leyendo de nuevo a Miguel Hernández o mirando un partido de fútbol completamente inútil, como todos los partidos de fútbol y las cebollas de Miguel Hernández.

Miras por la ventana y hay un atardecer espectacular. La obnubilación te dura treinta segundos y te comienzas a sentir como en esas películas de ciencia ficción en que el mundo se fue a la mierda y la gente tiene pantallas gigantes mostrando exteriores alucinantes que ya no existen. Así que sacas la cabeza, y te entra un encabronamiento insumiso porque tus bisabuelos no compraron una casa en un barrio residencial para que setenta años después, un edificio de arquitectura soviética te bloqueara a ti, tipo espiritual, la vista del atardecer. “Seguro están mirando telenovelas y no disfrutan lo que tienen delante de los ojos”, y enseguida te muerdes la lengua: “¿qué pensaría Gramsci de mí?”.

Todo bien. ¿Quién no tuvo una tarde así? Tu equilibrio autoconmiserativo se resiente cuando abres el móvil y ves la foto que te acaba de mandar.

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