El fin de las estaciones

De cualquier cosa se muere la gente. Del corazón, de los pulmones, de salir a la calle y de quedarse en casa. Cada motivo para estar vivo, tiene, además, en su anverso, la menos deseable de las causas de muerte.

Falta la gente de consuelo ante los pesares, vive muriendo por amor, por odio, por ideales, incomprensión, desamor, hastío. Por el apetito del propósito esquivo, por el despropósito de andar sin apetitos, por la letra tachada, por los ojos no vistos. Por la miseria que no es suficiente para matar de hambre, por el agujero en el techo que por más que se escudriñe, no muestra nunca un cielo con diamantes.

Y uno sabe que se va a morir, pero lo que permite no pensar agónicamente en ello es que no se conocen los tiempos ni los modos: si se conocieran, no se llegaría a la muerte llanamente, como no se llegaría al sosiego nunca si alguien mandara una foto de la próxima persona que amaremos, con la fecha y el lugar del encuentro.

Lo mejor de morirse es que se acaban, de un chuchazo, las causas de muerte. Se convierten en fuego fatuo la cirrosis, la tisis y las bombas. Se acaban los tiros en las manifestaciones, la necesidad de morfina, las luces rojas de los semáforos.

Después de la última afeitada a nadie le importa qué fue lo que pasó. A los muertos les brotan los miembros mutilados, les crece en las manos la marihuana a la par que se la fuman los vivos y les dan lo mismo las elecciones, los Oscar y los cataclismos. Los muertos ríen por las cosquillas que les hacen los parásitos en el estómago, y ninguno protesta demasiado, puesto que entrar en huelga de hambre no tiene sentido alguno. ¿Qué sabremos los vivos de la vida? Somos la minoría.

Nada importa si murió demasiado joven, si no era su hora, si sufrió demasiado, si se lo merecía, si la guerra es injusta, si abusó el policía, si el ladrón se drogaba. Libres de preocupaciones van los muertos.

Caminan sin causas, sin angustias; solo pasado, sin futuro. Andan los muertos sabiendo, que les sobra el tiempo para el amor, que se van a encontrar a Bach en una esquina, que no morirán sin escribir la novela. De sinfonías están llenas sus calles, de dragones y leviatanes que vivieron un día.

Crece la yerba donde ya no queda nadie, solo los vivos sienten el olor a muerte de los hospitales: los cementerios huelen a pájaros y rocío.

La última sangre negra coagulada en el pañuelo, el último disparo que mancha los adoquines, un relámpago blanco con su sombra de cenizas y, al fin, en algún lugar, se enciende una luz, se escucha música, la barriga repleta, en el cielo se descomponen los colores y comienza para siempre un carnaval de primavera.

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