Énfasis blanco

“Voy a morir sin ver la nieve

qué hubiéramos adelantado

bajo la nieve harinosa

esa pequeña aventura en

nuestra luz:

el paso de un astro, la carrera

de una estrella.

(…)

“Y quedará la luz, bróder, la luz

y no otra cosa”.

Sigfredo Ariel

Un golpe de luz y un trago de ron no son recomendables para la inteligencia emocional ni la dignidad de nadie. Así que no le des demasiadas vueltas, bróder, que todos somos criaturas risibles en nuestros mejores días, y despreciables con más frecuencia de la que estamos preparados para aceptar.

Y ahí estás, trancado en casa por una pandemia que te tenía que haber tocado a los diez años o a los setenta, no en el pico de tu atractivo sexual e intelectual; o por una invasión extranjera, o porque tu propia cabeza es tu peor enemiga y te tiene amarrado en el sofá, con tu cerveza y tu cigarro leyendo de nuevo a Miguel Hernández o mirando un partido de fútbol completamente inútil, como todos los partidos de fútbol y las cebollas de Miguel Hernández.

Miras por la ventana y hay un atardecer espectacular. La obnubilación te dura treinta segundos y te comienzas a sentir como en esas películas de ciencia ficción en que el mundo se fue a la mierda y la gente tiene pantallas gigantes mostrando exteriores alucinantes que ya no existen. Así que sacas la cabeza, y te entra un encabronamiento insumiso porque tus bisabuelos no compraron una casa en un barrio residencial para que setenta años después, un edificio de arquitectura soviética te bloqueara a ti, tipo espiritual, la vista del atardecer. “Seguro están mirando telenovelas y no disfrutan lo que tienen delante de los ojos”, y enseguida te muerdes la lengua: “¿qué pensaría Gramsci de mí?”.

Todo bien. ¿Quién no tuvo una tarde así? Tu equilibrio autoconmiserativo se resiente cuando abres el móvil y ves la foto que te acaba de mandar.

¡Todo se va a la mierda! Tu tren del pensamiento acelera y desde el techo de la locomotora sientes el viento que te acaricia el rostro. Ahí está la foto, el pelo suelto, su ropa interior, un énfasis blanco de una luz en algún lugar. La luz, bróder, la luz.

“¿Qué coño hago aquí?”. Tu Ello se sienta al mando del tren, y sale disparado por la puerta de la casa. “¿Dónde está ella? ¿A diez cuadras?” y se desprende la mole de hierro de tus pulsaciones avenida abajo; “¿Del otro lado del Atlántico?” sigue el tren camino al aeropuerto, compra un boleto con tus últimos ahorros y le toca la puerta, y hacen el amor, como solo pueden hacerlo un tren y una montaña.

“¿Y la cuarentena? ¿Y la economía? ¿y las bombas? ¿Y la policía? ¿Me estará provocando y ya? ¿Se habrá buscado novio?” Todas tus dudas, tus complejos y tus limitaciones, comienzan a aparecer como desniveles en la vía. El tren empieza a traquetear y tu Yo sale del vagón de primera clase, acompañado de un Superyó musculoso, y entre los dos sacan al Ello de los controles.

Vuelves a mirar la foto. Una, diez veces, mientras discutes sobre marxismo en un grupo de Telegram. Ya no tienes ni idea de la hora, ni de por cuántas cervezas vas. Miras una y otra vez la foto. “¡Qué buena está!” e imaginas, en un tono cada vez más derrotista, todo lo que no han hecho aún, lo que falta, cómo será ese día.

Regresas, medio borracho, a tu grupo de marxismo porque ya pusieron el resumen del partido y no te queda por releer ninguno de los poemas de Miguel Hernández que te interesan. La foto no tiene nada distinto a cuando la viste por enésima vez hace 45 segundos, pero es tan inevitable como seguir bebiendo, incluso después de que el mareo ha frustrado tus dos intentos anteriores de levantarte del sofá.

Ahí estás, ido, mirando la foto. Sus piernas, su pelo, su abdomen y el puñetero punto blanco de luz que crece porque el alcohol te hace fotosensible. Ya tienes la pupila dilatada, todo está borroso. El móvil se te está quedando sin batería.

Haces un esfuerzo sobreetílico y reptas hasta el cuarto. Ya no hay nada que mirar por la venta, ni edificio del que quejarse. ¿Quién era Miguel Hernández? A esta hora no hay fútbol. Conectas el móvil. Demasiado tarde para seguir hablando de marxismo por Telegram, a esta hora son todos trolls; demasiado borracho para escribirle a ella, no estás para hacer ridículos. El tren del pensamiento se detiene, ya no va a ningún lado. Tu Yo y tu Superyó se apean, arrastrando a tu Ello por los pies.

Abres la foto. El brillo de la pantalla te ciega. Entornas los ojos, en un empujón final por ver nítidamente la foto. Lo logras a duras penas, luchando con la bomba luminosa del punto de énfasis blanco que te quema las retinas. La cierras, tratas de masturbarte: exceso de alcohol, no puedes, “el alcohol provoca el deseo, pero impide la ejecución. Shakespeare. ¿Qué hago pensando en Shakespeare a esta hora?”.

Todo es en vano. A estas alturas, tu Yo, tranquilamente, se salió del juego y observa como tu Superyó sodomiza a tu Ello mientras te quedas dormido. Freud se caga de la risa.

Cierras los ojos. Todo es blanco, seguirá así por mucho tiempo. No puedes olvidar la luz, porque ya nada queda que no sea eso, la luz, bróder, la luz y no otra cosa.

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