La poesía no es para jugar

Sin intención de sacarme de mi juego, de poner a prueba mi estabilidad, cita a Santiago Feliú en un SMS y pide que acuda siempre donde llora lo que no debe morir. Y es solo porque tiene ganas de verme y conversar, porque creyó que era más cool utilizar la poesía.

Y lo que apura no es el verso, que despierta la compasión y la urgencia de acariciar, ni sus acariciables piernas, ni la promesa de sus enormes ojos brillantes (acaso más nítidos por una película salada). Lo que apura es que el verso venga de alguien con esos ojos y esas piernas (no puedo ser lo suficientemente enfático acerca de las piernas).

Uno aguanta, porque sabe que es ella, que usa la poesía como el diálogo normal de las demás. Uno aprendió, a golpe de arietarse inútilmente contra sus muros, que ella entrega lo poético sin la intención de abrumar, como mismo la naturaleza hace montañas nevadas en el calor africano o flores mínimas en las rocas.

Uno aguanta, pero le jode. Le jode que mientras uno le aprieta las vértebras durante un beso, ella pare, cierre los ojos, se muerda la comisura derecha del labio inferior y diga que acabas de plantarle un par de alas, que puede sentir como le crecen.

No la malinterpretes. La frase no es, viniendo de ella, ningún compromiso, ninguna capitulación, sino simple oropel: creyó que tendría swing decir algo así, aunque su intención no sea volar, y menos con uno.

Si hablamos de cine, política o cualquier cosa, tuerce el cuello y se da un masaje en medio de mi exposición sobre cómo Heath Ledger no es mejor ni peor Joker que Jack Nicholson. Se quita descuidadamente el sudor de las piernas mientras intento la gravedad y la elocuencia en algo tan urgente como la destitución de Dilma en Brasil o el neoliberalismo de Macri en Argentina. ¡Uno intenta lo cotidiano, y ella lo neutraliza, sin percatarse, con la constante y molesta poesía!

Ya sin poder contenerme, incapaz ya de la poesía propia, le digo con la sentencia de quien va a hacer la Revolución o cualquier cosa, acuéstate conmigo. No se indigna, ni acepta, ni se niega: dada como es a lo poético, trata de llevarme a su terreno y con la sonrisa de las putas francesas pregunta por qué. ¡Cómo si uno necesitara más motivos para eso que la naturaleza para poner montañas de cumbre nevada en el calor africano!

Me deja quitarle la ropa y casi por primera vez no percibo un acto poético. Como cualquiera, es tímida al principio y proactiva cuando adquiere confianza. Luego de resolverse la tensión del primer orgasmo, como cualquiera, sonríe y se vuelve infantil y vivaracha. Finalmente, cruza las piernas y prende un cigarro o no, como cualquiera.

Después hace observaciones acerca de cómo todas mis cicatrices y lunares están armónicamente ubicados, y uno comienza a percibir cómo se despierta su insoportable vocación poética.

Camina por el cuarto, se maravilla con las fotos y los carteles, elogia los libros. Uno presiente que lo ha logrado, que los golpes de ariete hicieron caer para siempre los muros de la poesía.

Pero mientras lee una de las dedicatorias, dice, como si se estuviera resignando (nada menos cierto, es solo su actitud poética), que es una lástima, que la culpa es del tiempo, que me quiso mañana o que me querrá ayer. ¿Qué carajo significa eso? ¿Cree que no reconozco una excusa absurda porque la disfrace de un anacronismo temporal, de inútil poesía?

No me encolerizo ni me apoco. Ella, francamente, no lo puede evitar: hace malabares con la poesía como si fuera algo de poca relevancia. La lanza en mi dirección sin importarle si la atrapo o la dejo caer, sin saber que acaba de lanzar una ojiva nuclear. Su exceso es que no entiende que la poesía es eso, un arma de destrucción masiva, que la poesía no es para jugar.

Publicado originalmente en https://eltoque.com/blog/la-poesia-no-es-para-jugar

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