Una profesión para arrogantes y masoquistas

periodismo-digitalCreemos que los periodistas tenemos las verdades, pero solo somos lo suficientemente soberbios como para decir las nuestras.
El editor pide el texto y uno va a la cuartilla con la pretensión del que va al lienzo o a la partitura, pero el resultado muchas veces es menos grave que el arte. Muchas veces uno embarra el texto con la tinta vulgar de los discursos fatuos.

Piensa uno que cada letra es oro, que cada idea es un teorema, que cada palabra sobre un asunto es, sobre ese asunto, la incuestionable última palabra. Uno lo calla, pero confía en que cada página será la trascendente e ineludible brizna de una antología.
Al cabo de varios años uno se percata de que este es un oficio de arrogantes y masoquistas. Podemos pensar en nuestra función social, en la elusiva verdad, en los camaleónicos valores universales, pero lo que une a todos los periodistas es que tenemos algo que decir y creemos que es lo suficientemente valioso como para ser escuchado por mucha gente.
Y mientras uno ceba sus entendederas con lecturas sobre estilo, ética, arte, política, o cualquier cosa, lo único que hace realmente, es afinar la hebra que sostiene la espada de Damocles que, tan festinadamente, puso sobre su cabeza.
Así se enfrenta uno a la cuartilla, intentando ser espectacular y honesto, poético y claro, firme y mesurado, polémico e incuestionable. En las tardes de autocomplacencia uno se cree que es artista, pero no es más que la sombra de otra cosa.
Uno no es más que un novelista demasiado ceñido a los hechos, un cineasta demasiado indisciplinado, un político demasiado humano. Uno tiene demasiadas ansias de demostrar erudición como para ser entretenido, demasiados datos como para ser categórico, demasiados principios como para sacrificar el equilibrio por cuestiones de estilo.
El texto periodístico no es más que la creación seriada de artistas de mentira para aquellos que todavía se interesan por la realidad.
Y uno es tan arrogante que cree que puede asumir sin pensar la tarea de decir algo bien y bueno una vez a la semana, y uno es tan masoquista que disfruta la agonía de crear el texto periodístico.
El editor llama y allí va uno a rellenar el espacio. Si está en una semana feliz, escribe algo que sabrá popular, si la semana es oscura, escribe algo que disguste al jefe. Y uno es un masoquista porque disfruta tanto la censura como la loa.
Pero en el fondo de todos esos momentos en que se siente útil porque habló cuando no era lo más sensato, o importante porque miles leyeron tu artículo, o percibido porque fue censurado, lo único que se encuentra son las dudas sobre uno mismo.
Porque a esta edad ya debería tener escrita una novela, porque sabe que no será el mejor de su generación, ni siquiera, de los que se sientan a tomar cerveza los jueves en la tarde en la mesa de un bar húmedo, caluroso y oscuro.
Piensa en un médico que salva vidas en África, en un tipo que va al espacio, en un medallista olímpico, en una actriz porno de impresionantes habilidades y se cuestiona cuáles son sus credenciales para escribir más que el hecho de creer que puede hacerlo. Pero eso, claro está, es solo en muy poco momentos.
La mayoría del tiempo uno es arrogante y masoquista, y cree que no puede vivir sin los textos que ya escribió, y que es responsable de abrir los ojos a alguien, y que debe ofrecer una nueva perspectiva sobre algún tema agotado, y que es su cruz rutilante luchar contra los censores.
Solo a veces uno tiene la duda. Solo cuando el editor llama y pide el texto, uno se cuestiona si, esta vez, escribirá con la vulgar tinta de los discursos fatuos o si enfrentará la cuartilla como si fuera un lienzo o una partitura.

Publicado originalmente en https://eltoque.com/blog/una-profesion-para-arrogantes-masoquistas

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