La corbata con nudo atlántico

Hace un poco más de un año escribí este texto. Hoy cumpliría 85 años. Creo que lo compartiré cada 7 de diciembre.

La corbata con nudo atlántico

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Mis amigos saben que no sé nada de béisbol, si se tiene en cuenta que todos los cubanos somos expertos en todo, fundamentalmente en béisbol. Pero si alguna vez supe de béisbol, fue durante los años en que me fui a vivir con mi abuelo.

De hecho, si sé algo que no tenga que ver con libros, cámaras y teclados, probablemente me lo haya enseñado él. Electricidad, plomería, carpintería, talabartería, zapatería, esas cosas tan simples.

Incluso, después de Sabina, Serrat, Silvio, Pink Floyd y Led Zeppelin, confieso que lo que más escucho es música de viejos. Al bolero, el filin y el tango (o sea, a Gardel), los conozco por mi abuelo, aunque él no cantaba, sino que recitaba los versos un segundo antes que salieran de la bocina y no porque fuera desafinado, sino porque un caballero de su compostura no podía estar en esa cantadera.

II

Los dos últimos años de Adolfo fueron un fade out. Lo llamábamos por el nombre porque mi abuelo ya no respondía ni al papi de mamá, ni al chini de abuela, ni al bubu mío.

Se pasaba el día con la cabeza baja en el sillón. Ya no cocinaba, ni arreglaba nada en la casa. Ya no le importaba la pelota.

De cierta forma, eso era bueno. No sé cómo se hubiera tomado que su adorada Matanzas, hubiera avanzado a finales en vano dos ocasiones. O que Pacheco, su pelotero preferido, se hubiera ido de Cuba, o que en Londres 2012 no hubo béisbol.

Era un hombre nacido en 1930, cuando los hombres mandaban y las mujeres… bien, gracias. Decía todo el tiempo cosas como “la madre cría y el padre crea”, o “la madre mece la cuna y el padre la sostiene”, o “una mujer con pantalón es como un hombre sin corbata”. Por eso solo recordaba mi nombre y el de su hijo varón. Por eso solo respondía ante nuestras voces aunque mi madre, mi hermana y mi abuela vivían pendientes de cada una de sus necesidades.

III

Cuando le dio uno de los últimos infartos, o derrames, o ictus, o como se llame aquello que le daba cíclicamente en el cerebro, perdió la vista y todas sus habilidades sociales.

No me pongo a describir, para no ser escatológico. Todos pensábamos que era ya un cascarón y ni dolía verlo. La costumbre nos hace insensibles como mismo la edad nos hace incrédulos.

El viejo no hablaba, no veía, hacía como que no escuchaba y todos éramos tan arrogantes que creíamos que ya no quedaba nada allí. Por eso el llanto fue colectivo cuando, mientras yo fregaba los platos y cantaba “Nosotros” de Pedro Junco, alguien vio que movía los labios y al pegar la oreja lo escuchó decir “…y en nombre de este amor y por tu bien, te digo adiós”.

III

Este 16 de julio, el día de mi cumpleaños 27, unos minutos después de que saliera una amiga de mi casa y unos minutos antes de que saliera a festejar, abuelo me dio su regalo y decidió morirse. Sin una queja, sin exhalar, no sé cómo mi hermana se percató de que se estaba acabando.

Fuimos a Matanzas a enterrarlo. A la una de la madrugada salí de la funeraria porque no podía aguantar el calor. Un par de veces me pidieron el carné, un travesti se ofreció barato. Solo podía pensar en lo bien que me haría ver a esa mujer, que ahora estaba de vacaciones en Varadero, a pocos minutos de distancia. El dolor nos vuelve aun más insensibles que la costumbre.

IV

Al otro día lo enterramos, prosaicamente, como suelen ser los entierros aquí. En prosaico cementerio que podría dar clases de agricultura urbana. Cuando todos se fueron, dos primos y mi cuñado esperaron a que yo me fumara un cigarro sentado en la orilla de la tumba (como cuando fumaba en la orilla de su cama porque el me pedía una calada a escondidas) para recordarle que le había puesto uno en el bolsillo del saco, cerca del lugar donde había estado el marcapasos que ahora estaba en mi pantalón, metido en un guante de cirugía.

Durante el velorio alguien preguntó que quién le había hecho el nudo de la corbata, que había quedado muy bien. Se lo había hecho yo. Cosas de la muerte que devuelve las enseñanzas a hijos y nietos de los modos más insospechados: no me he puesto un traje en mi vida, pero cuando las, sus corbatas, me llegaban por las rodillas, abuelo me había enseñado a hacer un nudo atlántico, “bueno para cualquier ocasión, desde una boda, hasta un entierro”.

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Una respuesta a La corbata con nudo atlántico

  1. Miriam Ancizar dijo:

    ¡¡¡¡que buen texto La corbata con nudo atlántico¡

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