Gravedad prohibida

PGNnewtonmanzanaLa Iglesia podía decir que la Tierra era estática, darle candela vivo a Giordano Bruno, incluso, lograr que Galileo Galilei se aflojara de rodillas. Sin embargo, el Sol que le daba en la cara al papa Clemente VIII y el que le da a Francisco es producto de la rotación del planeta.

Es que hay cosas que son como son. Leyes universales. Usted las puede negar, incluso prohibir, pero las manzanas no dejarán de caer en las cabezas… Es más, mañana pueden prohibir la gravedad, pero eso no hará que usted vuele si salta del letrero del Habana Libre: no, caerá con una aceleración de diez metros por segundo con el consecuente reguero de huesos, carne y fluidos corporales en el suelo.

Y como mismo pasa con las leyes de la naturaleza, pasa con las leyes de los hombres.

El acceso a la alimentación, a la educación, a la información, a la tecnología son leyes humanas. El progreso y la búsqueda creciente del bienestar son leyes humanas, verdades de Perogrullo que de nada sirve negar.

Recuerdo cuando era un niño, en la década del 90, no existían las memorias USB, casi nadie tenía PC y nadie que yo conociera había visto todavía un DVD. Dicho esto, se podrá entender que la pornografía era muy, muy difícil de conseguir.

No obstante, nosotros mirábamos lascivamente libros de medicina que contrabandeábamos hacia la escuela y creíamos fervientemente que el cartel a todo color con los aparatos reproductores masculino y femenino en el aula de biología (donado por la UNESCO) era un feliz y garrafal error de la censura. Tuvo sus ventajas, porque la primera vez que vi a una mujer desnuda sabía exactamente ante qué estaba parado.

La moraleja de la historia anterior es que los niños, a cierta edad, necesitan ese tipo de información y la tendrán a como dé lugar. Así con todo.

Hace unos años, cuando los VHS, prosperaron los llamados bancos de películas. Usted iba, buscaba su casete y contrarrestaba la televisión cubana, que parece que se ha puesto mala en los últimos tiempos, pero en realidad, está mala desde que yo tengo uso de memoria. Nunca fructificó empeño alguno de eliminarlos, tenían complejo de hidra.

Lo mismo pasó con los quemadores de discos que no dejaban pasar por la aduana (el progreso es una ley), con las casas de alquiler por hora (que la gente necesita templar es una ley).

Lo mismo pasa hoy con la carne de res, con las tiendas particulares de ropa (aquí se dio el extraño caso de que se reconoció la ley y luego hubo un retroceso a eras oscuras en que no se entendía que la gente necesita vestirse).

Por suerte, en Cuba se vive en un estado raro de alegalidad, en el que muchas cosas no son legales porque no están permitidas, pero tampoco son ilegales porque no están prohibidas y porque bueno, son leyes. Y en ese limbo de tolerancia para todo andamos.

Por eso, ya nadie se mete en si usted compra una libra de carne de res, o si usted compra su ropa traída de Ecuador, o si en su casa solo se ven los audiovisuales de contrabando conocidos como paquete.

Y todo eso sucede, claro está, porque el encargado de velar porque no haya tiendas de ropa, ni carne de res de contrabando, ni paquete de la semana no es un ente divino que no se rija por las mismas leyes que los demás.

Como mismo a Clemente VIII le daba el sol cada 24 horas, el policía, el inspector, o el funcionario intermedio necesitan vestirse, comer, divertirse e informarse.

Lo malo de todo eso es que las prohibiciones juegan una función en todas las sociedades y cuando usted llena el ideario de la gente de cercas absurdas, se vuelve difícil definir qué es lo que no tiene sentido respetar y qué es lo que está ahí porque beneficia a la mayoría (y no daña a nadie). Pero ante la duda la gente no comenzará a violar las leyes naturales o a desmentir las verdades de Perogrullo, sino que comenzará a limpiarse con el papel que tiene escrita la prohibición.

Porque, téngalo claro, usted puede negar la gravedad, pero ni la gente que cree en su palabra saltará del cartel del Habana Libre y, pensándolo bien, usted tampoco, usted lo sabe, por eso no salta.

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