El gran camino del pequeño hombre pequeño

The humble histories of hearts cannot be brushed aside

forever by the grat events of nations

Milan Kundera

Dice un proverbio africano que cuando los elefantes luchan es la yerba la que sufre. Y eso, claro está, es inevitable: la yerba, en su inmovilidad de minúscula planta no puede escapar del pisotón y los elefantes, bueno, qué les vamos a pedir a esos, son elefantes.

Alguien que estuvo en Vietnam antes de la reunificación me contó que era común encontrarse familias divididas así, arbitrariamente, por el paralelo 17. Imagínese que un mal día les dijeron “a partir de ahora son dos países enemigos en lugar de uno y no podrán ver a nadie que esté más allá de la línea”.

Era una imagen desconsoladora, me decía, ver a la gente cargar con sus muertos hasta la frontera para que los familiares del otro lado pudieran despedirse. Un muerto, digo yo, le duele a cualquiera, bien estuviera con Ho Chi Minh o con los americanos. Un primo de la infancia lo extraña cualquiera, ya sea del Frente de Liberación Nacional o colaborador de los americanos.

Por suerte, aquella guerra se acabó y Vietnam fue uno solo de nuevo. Alguien habrá ido por primera vez a la tumba de su madre diez años después. La idea alivia, pero no es feliz.

Y no lo es porque usted puede estar a favor o en contra de una idea, de un gobierno, de un movimiento, pero poco o nada puede hacer para evitar que sus decisiones le cambien la vida.

Alejando (o haciendo el intendo de alejar) jucios sobre lo justo y pertinente de las posiciones radicales, pocas veces se asumen pensando en las microhistorias. Siempre se piensa en la soberanía nacional, en el crecimiento económico, en los valores a defender, en los intereses geopolíticos, en lo digno, en lo lógico; pero pocas veces en los ínfimamente humano. Y no lo Humano en altas como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sino en lo humano del juego de dominó, del sexo, del baile, del abrazo.

¿Quién pensó en los hijos de los crucificados? ¿En los orgasmos de las novias de los soldados que fueron arrastrados durante años al frente por las causas más justas? ¿En la medalla que no ganó un deportista porque las Olimpiadas eran en un país enemigo? ¿En los que nunca vieron la nieve? ¿En los que nunca salieron de ella? ¿En los niños apurados a la adultez para defender sus hogares? ¿En los maricones que nunca acariciaron una barba porque era tiempo de hombres? ¿En el maestro en un corazón de cantante?

Las naciones, claro está, se pueden dar el lujo de ser radicales porque viven muchos años. Las ideologías se pueden dar el lujo de llamar a la paciencia porque trabajan por el bien superior y esto, bien se sabe, es lo más importante.

Y el hombre, ese pequeñito, otorga su paciencia, gasta la percedera fuerza de sus brazos, desenfoca el brillo de sus ojos, compromete el calcio de sus huesos luchando por la idea o contra ella, pero luchando irremediablemente.

Tal vez a los humanos todavía nos falta como aprender a vivir sin PIB, ni presos políticos. Tal vez sea una dosis justa de egoísmo en la que no se afecte la dosis de egoísmo ajena lo que necesitamos. Quiero decir, las criaturas más mezquinas del planeta son las que suelen defender sus meteduras de pezuña con el bien común. El hombre justo sabe que la finalidad última es la felicidad plena y el fin de todas las dominaciones.

Tal vez, más allá de matices socioeconómicos o morales, la idea valiosa es aquella que le permite al hombre, ese tan ínfimo, comer, estar con los suyos, tener sexo, conocer hasta donde le alcancen las entendederas el mundo más allá de sus ojos, levantarse un día y sin pensarlo demasiado, echar a andar.

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3 respuestas a El gran camino del pequeño hombre pequeño

  1. casper dijo:

    milan kundera escribía en inglés?

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