Joel o Huckleberry Finn

318120_591046590924624_1559057330_nAyer fue el cumpleaños de mi mejor amigo. No recuerdo cuándo fue la última vez que lo pasamos juntos, pero recuerdo muchas cosas que han cambiado desde entonces. La última vez que nos mandaron a callar los vecinos por la celebración de un cumpleaños yo no tenía aún la barba entera. No había un título en mi pared (esto, por supuesto, es un lugar común, puesto que el pergamino se encuentra bien guardado en un tubo de cartón) y las estudiantes de preuniversitario no me llamaban compañero o señor. Él no había conocido al amor de su vida y yo no había conocido a ninguno de los dos o tres amores de mi vida que han pasado desde entonces. Yo no tenía perfil de Facebook, me emborrachaba con mucha más facilidad que ahora y él estaba mucho más delgado. En ese entonces yo andaba casi rapado todo el tiempo y él, bueno, él no se ponía esas corbatas y zapatos lustrosos que exigen el mundo empresarial al que se fue a vivir. Se supone que la gente crece junta y que por eso se quiere para toda la vida, pero que si se separan las cosas se enfrían. Nosotros, claro está, ya no somos los mismos. Si nos conociéramos en las condiciones actuales (diez años después es mucho tiempo) tal vez no nos hiciéramos amigos. Quiero decir, cada vez nos parecemos menos, algo así como Tom Sawyer y Huckleberry Finn a los veintiocho: al final ni asaltaron bancos, ni se hicieron cowboys, ni soldados. Tal vez Huck fue el borracho del barrio y Tom, el farmacéutico.

En pocas semanas, Joel vendrá a Cuba. Nunca le perdoné que se fuera. Me importa poco (y lo digo desde el más militante de los egoísmos) que la gente quiera mejorar su economía, o ver otras culturas, o tomar té a la orilla del Támesis o aplicar para cosmonauta de la NASA: quien emigra definitivamente me abandona, y yo lo entiendo, pero no lo comparto.

En fin, se supone que uno felicite por el cumpleaños y yo no lo he hecho. No he hablado con él. Lo haré cuando aterrice y nos reunamos con su mamá y su padrastro, a quienes debo parte de mi adultez y de mi carácter. Nos sentaremos a tomarnos la botella de ron malo que le obligaré a empinarse porque se le han refinado los gustos. Tocará la guitarra (lo único que conserva verdaderamente de Cuba) y cantaré con sir Lancelot haciendo las segundas voces (si estás leyendo, enano de mierda, se que con esto último te morirás de la risa).

No te felicito, cabrón, porque los que son como nostros no entienden de medias tintas ni de caracteres allí donde van los abrazos. No te felicito porque eres el amor de mi vida y nunca he sido bueno para las relaciones de distancia.

Te espero pronto, pa celebrar todos mis cumpleaños, y de Villy, y de Leo y de Mayagua que te has perdido. Te espero y espero que vengas con ella de la mano, y que logres estar a su altura porque aunque no la conozco, conozco la facilidad que tienes para encamar mujeres que no te mereces (eso, claro está, es un chiste interno con nada de acritud).

Tal vez nos parezcamos menos que antes. Tal ve tengamos que evitar hablar de política, y de economía, y del progreso, y de la misión de un hombre. Pero no importa, seremos como los fantasmas de dos muñecos de nieve que se sientan a recordar el invierno.

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2 respuestas a Joel o Huckleberry Finn

  1. jennifer dijo:

    a veces la vida te sorprende, es muy probable que en esencia sigan siendo los mismos, conversa con él, las experiencias te hacen dúctil, pero el carácter es uno, rara vez logras ir en contra de eso…

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