El sudor del bronce

IMG_4517¿Sabes algo? Tienes razón: no todo el tiempo estoy pensando en ti. A veces tengo sensaciones raras, impulsos de rostro indefinido como la búsqueda de un cuerpo en el colchón cuando despierto de la siesta, o el deseo de enseñarle a alguien un texto que creo que es bueno. Esos y mucho otros arranques vienen con la casilla del nombre en blanco, sin embargo, cuando voy a ponerles rostro, el mejor en el que puedo pensar es el tuyo. ¿Por qué? Fácil, ahora mismo te lo explico.

Hay otras sensaciones que sí vienen con tu nombre. Por ejemplo, cuando alguien me da un rodillazo en la espalda mientras estoy dormido y me dan ganas de que sea tu rodilla; o cuando después de hacer el amor me entran deseos de hablar de cine, pero quien escucha no tiene ni idea; o cuando beso a alguna y me siento incómodo porque es demasiado alta, o abrazo y es demasiado gorda o únicamente miro, pero todas son demasiado diferentes a ti.

Ya sé, ya sé, me lo has dicho antes: te mueres por morir por mí, y durante un segundo me reconfortó esa idea. Sin embargo, he llegado a creer que eso es peor que nada porque te estoy pasando por la cabeza en lugar de pasarte por el corazón. Yo, por mi parte, no me he propuesto morir por ti: es algo que hago irremediablemente, como respirar o escribir.

A veces, cuando me dan bajones, me gusta pensar que te costaría trabajo mi ausencia, quiero decir, la mayor parte del tiempo creo que me necesitas, tal vez como no necesitas a nadie más, pero hay grandes diferencias entre nosotros.

A ver cómo te explico. Cada tarde que pasamos juntos, para ti es tiempo aprovechado, diversión, buen tiempo. Yo, por el contrario, todas las horas que uso contigo se vuelven tiempo muerto una vez que nos despedimos y me dices “adiós” en lugar de “quédate, para siempre”.

Aunque sé que me quieres no es igual. Cuando te veo el café sabe a café, el cielo se llama cielo y los parques tienen cara de parque. A ti te gusta besarme, porque se siente bien, pero para mí los besos tuyos se sienten correctos, como si mis labios hubieran encontrado su razón de ser: esas sonrisas ínfimas que tienes después de un beso son más útiles para mis labios que todas las palabras que se les puedan ocurrir.

No pienses que te reclamo nada, yo también he tenido amigas de bronce. ¿Es difícil, verdad? Digo, darse cuenta de lo que pasa por la cabeza del otro cuando uno solamente ve un buen amigo.

Para hacértelo más fácil, trataré de explicártelo.

Para mí no se trata solo de la risa que me provocas, o de la risa tuya. Yo te veo por partes y se me llena el pensamiento de posibilidades. Yo te veo el pelo y lo imagino metido entre mis dedos, siento el tirón que te daría. Cuando celebro lo bien que vas vestida, estoy celebrando lo que me escondes debajo de tu ropa. Me viene la imagen de tu espalda desnuda, y cómo te la recorro desde el cuello hasta la cintura, con los dientes y la lengua, mientras mis manos te acarician el frente y te bajan por los costados hasta las caderas temblorosas para unirse en el centro y quedarse allí hasta que se te olvide la palabra amigo y cierres los ojos porque te da vergüenza ver mis manos “de amigo” provocarte tantas cosas, y que grites mi nombre, por primera vez, como debe llamar una mujer a un hombre.

Yo te veo secarte el sudor de la frente y no pienso en el calor que debes estar pasando, sino en hacerte sudar tanto que se te haga un lago en el ombligo, y secártelo con la nariz y llenártelo de nuevo. Hacerte sudar tanto que pierdas ese perfume que siempre tienes para sentir olor a ti.

Adoro conversar contigo, lo sabes, no es adulonería, pero el sonido de tu voz segura y ecuánime no deja de traerme la idea de tus gemidos descontrolados junto mi oreja.

Me encanta hacerte sonreír, pero cuando veo tu risa no puedo evitar ver también como se muerden tus labios mientras mis dedos aprietan tu pecho con la fuerza y la delicadeza con la que un escultor aprieta el barro, mientras yo pierdo el aliento en una impenetrable oscuridad, pues tus muslos han abrazado mi cabeza y no quieren dejarla ir, y me aprietan más mientras más te aprietas los labios. Es eso, para mí tus piernas no se hicieron para caminar: se hicieron para abrazarme a mí.

¿Ves? Eso es lo que quiero de ti. No que me quieras, porque eso ya lo tengo, sino que me dejes meterte esas ideas en la memoria para que me necesites.

Por ahora las cosas podrán seguir igual, pero ten cuidado, no soy un conformista y voy a tratar cada segundo que cambies de parecer. O mejor aún, no tengas cuidado (que ya has tenido suficiente), déjate sorprender, y la próxima vez que te descubras pensando en mí permíteme demostrarte que no soy una estatua de bronce.

Tú me miras y ves las manos que te escriben lo que nadie te ha escrito, mi misión es que veas las manos que te tocan como nadie te ha tocado. Tú me miras y ves la boca que te dice lo que nadie te ha dicho, mi misión es que veas la boca que te muerde y te besa como no lo ha hecho nadie.

¿Te das cuenta? Así es dentro de mi cabeza siempre, así es como un hombre desea a una mujer. Y aunque tú veas solamente a un tipo con cara de buena gente, si me dejan, también sé cómo hacer que una mujer me desee a mí.

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4 respuestas a El sudor del bronce

  1. Mar dijo:

    Ya lo dijiste tú: si te dejan.

  2. yoslainegalano dijo:

    Lindo texto Ariel Montenegro, saludos.

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