Flores en la acera

clavelA las mujeres a las que los escritores dedican líneas, por lo general, son inmunes a las líneas de los escritores. Digo, si no lo fueran, los escritores no necesitarían escribirles. Cuando un poeta o un narrador dedican tiempo de su doloroso oficio a una mujer y le pone su nombre a un soneto o un cuento o lo que sea, es porque esa mujer no se impresionó por sus palabras escritas anteriormente. Quiero decir, que si a una supuesta Claudia, se le dedica un poema titulado Claudia, es porque no sirvieron de nada los poemas anteriores dedicados a mujeres sin nombre. Es un último recurso, un arranque de desesperación.

Por eso, es altamente recomendable no escribir odas femeninas con nombres propios de mujer. Son inútiles porque pueden estar delatando la musa de un buen texto que serviría para cualquiera y porque, probablemente, cuando se llega al punto de necesitar escribirle a una mujer, es porque ella ya no lee sus composiciones, o probablemente nunca lo hizo. Créame, se lo dice un tipo que no escribe para ser famoso ni académico, solo para llevarse al pan a la boca y a las mujeres a la cama (o al cine, o al teatro, o a tomar café, para no ofender a mis amigas feministas).

Por eso agradezco tanto no recordar ciertas cosas. Ella me había pedido que le escribiera algo (como quien le dice a uno de esos cantantes de la peor muerte del Malecón que le canten “algo”), pero me costaba trabajo completarlo. Ahora, luego de que se ha desaparecido (aunque podría encontrarla si quisiera), no me siento frente al teclado porque me lo pidió, sino por lo mismo que se sientan los que redactan historias con nombre de mujer. Por suerte no recuerdo cómo se llamaba, aunque recuerdo un par de cosas.

No le gustaba su nombre. Yo le decía Lu. Tal vez se llamaba Lucrecia, o Lucía, o Lupe. Lo cierto es que como no le gustaba, decidí olvidarlo desde que la conocí. A fin de cuentas, una mujer con aquellos labios llenos de pasado y aquellos ojos rebosantes de futuros, podía llamarse como le diera la gana. Recuerdo que era la época en que me dio por no llamar las cosas por su nombre.

Desde que me saludó, sabía que perdería los estribos por ella. Es decir, lo más que puede perder los estribos un tipo como yo ¿no? Me refiero a que no importaba que hubiera llegado del brazo de mi amigo, ni que esa noche yo tuviera al menos dos conquistas seguras en el mismo sitio.

Poco después de saludarme me dijo el nombre, que ahora no recuerdo, pero recuerdo que era poco común (sobre todo en estos tiempos donde todas se llaman Laura o Claudia).

Ese mismo día debí salir corriendo. Ella tenía una vida complicada y yo me había hecho alérgico a las complicaciones unos meses atrás (creo que fue por la época en la que me convertí y resolví que era mejor sufrir por amor que enamorarse).

Pero bueno, toda mujer que tenga esas caderas viene con equipaje, me justifiqué para quedarme parado una vez más sobre la línea mientras las historias que me contaba ella eran el pito del tren a toda máquina en mi dirección.

Una, dos, diez veces la llamé, y diez veces respondió. Horas y horas al teléfono, madrugadas enteras. Decenas de revolcones malogrados por guardar el tiempo para hablar con ella, para verla, a pesar de que solo era una cabeza con una sonrisa y mucha ropa que le crecía de debajo del cuello.

Tenía solo veinte años, tenía novio, tenía un millón de pretendientes, pero también tenía un modo de alzar la mirada que le ponía una mordaza a la vocecita de mi cabeza siempre que esta intentaba decirme que estaba perdiendo mi tiempo miserablemente. Poéticamente, pero inútilmente.

Le robé un par de besos, pero en mi defensa, he de decir que ella los había dejado al descuido, casi como para que yo los robara. Recuerdo que en uno de esos atracos, le levanté un poco la blusa y vi que tenía un piercing en el ombligo.

¡Huye!, decía la vocecita, pero yo, como el idiota arrogante que soy, até una cadena de mi cuello al piercing, pensando que podría tirar de ella, sin saber que tendría el efecto opuesto y que con esa misma cadena me arrastraría por todas las calles de La Habana.

Pero bueno… ¡que no me joda, yo también le gustaba! Te cuento esto para que veas que tampoco soy el rey de los cretinos, yo sé lo que pasa por la cabeza (o la piel) de alguien cuando me mira de cierto modo. Eso es lo bueno de ser un tipo que no tiene un peso en el bolsillo. Si una mujer te besa y pasa tiempo contigo es porque le gustas.

Sin embargo, me lo ponía difícil. Teníamos que vernos de día, en actividades poco sospechosas. No podíamos ir al teatro o tomar un trago en la noche. No podía hacer nada de aquello que normalmente hago para meter a alguien en mi cama.

Quiero, decir, pude haberle regalado flores, y ella las aceptaría, pero no podría llegar con ellas a casa y me jodería profundamente pasar por su cuadra y ver mis flores en la acera.

Mira, para serte sincero, ya me había preguntado tantas veces como sería verla desnuda y utilizar esa desnudez hasta gastársela, que era imprescindible para mí darle forma real a todas esas ideas.

Ella, como yo, sabía que era prácticamente inevitable, que haría falta un milagro para que no sucediera. Se aguantaba las ganas como quien aguanta un dolor de muelas porque, bueno, tenía novio.

Yo creía que no acostarse conmigo era sencillamente simbólico, porque ya la línea en la que el novio la hubiese dejado por pegarle los tarros conmigo la había cruzado hacía siglos.

Ya no recuerdo si era o no buena en la cama. Eso sí lo recuerdo. Recuerdo que besaba como si me quisiera arrancar de los labios y la lengua todas las palabras que le decía y que, probablemente, no le habían dicho antes. Me besaba como si le alcanzara con extraer de mis labios el sexo posible que yo le describía.

Lo único que conservo físico de ella son los besos, como conservo solamente una sílaba de su nombre. Yo le decía Lu.

Un día de agosto dejó al novio (o el novio a ella, detalle intrascendente). Pero no vino corriendo ni me dejó ir corriendo hasta ella. Entonces lo comprendí todo.

Había vuelto a hacer el papel de cretino, el cretino más arrogante del mundo. Tal vez era peor, y era el arrogante más cretino. Lo cierto es que debí salir corriendo a pesar de las caderas, que debí cortar la cadena cuando pude, que debí escuchar a la cabrona vocecita.

Siempre es mejor arrancar de cuajo que ver, en total negación, como algo que quieres se te va de las manos y darte cuenta al final, que el agua es inasible, que puedes bañarte en un río todo lo que quieras, pero el río no es tuyo, no puedes apretarlo entre tus dedos.

Mira, al menos debí ser un cretino como Dios manda, y cometer la imprudencia de regalarle un ramo y tener un motivo decente para mandarla a la mierda cuando me encontrara las flores en la acera.

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Una respuesta a Flores en la acera

  1. yoslainegalano dijo:

    ????

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