Un asunto de barberos

Estoy peludo. Meimage0012 encuentro en esa fase incómoda en que no se tiene el cabello largo ni corto y no hay manera de que me quede bien. Para rematar, tengo el pelo jodedor: crespo en unas partes, ondeado en otras, en otras liso, rebelde en todas.

Durante años probé con estar pelado muy bajito. Era cómodo, fresco, y servía para cualquier grupo social, pero me restaba personalidad y un tipo de pocas gracias (como yo) necesita echar mano a cuanto elemento le aporte algo de misterio.

Luego vino el pelo paráo con gel (los pinchos). Me aportaba un aire juvenil y desenfadado, pero requería de constante cuidado para no despeinarse, destruía el cabello (me lo tumbaba a manos llenas) y requería la compra constante de un producto que por momentos escaseaba. Por otra parte, estaba en vías de convertirme en un intelectual y ese estilo me restaba seriedad.

Alterné por esos estilos durante varios años.

Luego me dejé crecer el pelo hasta por encima de los hombros. Descubrí que en la parte de delante de la cabeza se erizaba y a medida que avanzaba, se iba ondeando hasta que caía en largos bucles que me hacían parecer una quinceañera.

Aquello me quedaba mal, pero creía que era lo que más pegaba con mi personalidad: siempre me había sentido un pelú. Luego interioricé que ser un iconoclasta y un irreverente hacía décadas que había dejado de ser un asunto de barberos.

Me corté el pelo y me gustó lo que me hicieron en la cabeza. Descubrí una peluquería cerca de mi casa que me encanta. Un poco cara, pero lo valen la atención, el lugar y la calidad de Yuyu, el peluquero.

Hace meses que no voy. Ya mi cabello está reuniendo fuerzas y mis fuentes indican que prepara una ofensiva relámpago para hacerme ver ridículo de nuevo. Además, la única manía visible que tengo es que me juego con el pelo cuando me crece y eso me hace ver raro (subnormal dicen algunos, maricón, otros).

Un par de días atrás, cuando ya había bajado la escalera de mi casa para ir a pelarme me sonó el móvil, era un mensaje de ella: “Quiero despeinarte”.

Han pasado cinco días. Tengo que acabar de pelarme.

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