El silencio del mar en llamas

caracola2bde2bmar6Declaro solemnemente (despeinado, medio borracho y sobre la mesa de un bar, puesto que no hay otro modo de hacer declaraciones serias), que las nalgas, las tetas y el abdomen me son secundarios cuando me llevo una mujer a la cama.

Incluso si escribe bien, si camina como Jessica Rabbit o si fue difícil de conquistar como Madame Tourvel, se vuelven irrelevantes frente al hecho de que se escuche bien.

No me malinterpreten, no es que me quiera acostar con Montserrat Caballé o Ella Fitzgerald. Puede tener la voz fea o ser desafinada, pero tiene que gemir… bueno, no sé cómo, pero sé que si no me gusta lo que escucho de nada importa lo que veo, o lo que toco o cómo me tocan a mí.

Junto a una mujer que suena bien (nada tiene que ver con color o tesitura), podría quedarme perfectamente ciego. Hacer el amor con ella es como adentrarse en el mar en noche cerrada: no puedo ver nada, pero siento lo húmedo y escucho el mar contra la arena y las rocas, abrumador porque nada más se escucha, como si todo el mundo fuera mar.

Por eso, la primera vez que se le ocurrió que le quitara la ropa pensé que algo andaba mal. Era hermosa como un ángel (o como un demonio subordinado de la lujuria), pero no sonaba a nada.

Estaba húmeda como una estatua de cera junto al fuego, se retorcía como una pelea de gatos, pero no sonaba, no gemía, ni suspiraba.

Eso me alarmó. Bajé mis manos por sus muslos para que ocuparan el lugar de mi cabeza, porque, tal vez, sus piernas infinitas alrededor de mi cuello no me dejaban escuchar.

Mientras mi lengua le secaba el sudor bajo el ombligo, mis dientes le labraban la cintura y mi nariz correteaba por su abdomen; mis manos buscaban la partitura, como diez músicos tratando de aprender a tocar en la oscuridad el instrumento más difícil mundo.

Luego escalé, pecho arriba, cuello traviesa, boca a la vista. No oía nada, pero en mí garganta sentí su aliento acelerado, la lenta formación de un huracán pelvis abajo.

¿De dónde salía todo eso? En cuanto quité mi boca de la suya, solo veía el mismo silencio. Mordí su cuello, hurgué en su oreja y sin pretenderlo, mi oreja se acercó a sus labios.

Allí era donde ocurría todo: fue como pegar la cabeza a la línea del tren y sentir como se avecina una mole imparable y humeante, como arrimar el oído a una caracola, silenciosa como se ve, y sentir la inmensidad sobrecogedora de un mar en llamas.

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14 respuestas a El silencio del mar en llamas

  1. Mar dijo:

    Ufffff… sólo uffff.

  2. Mary dijo:

    Sublime, simplemente sublime…

  3. Cubanauta dijo:

    ño asere!!! eso se llama competencia desleal!!
    dónde kedaron los tradicionales métodos de mandar una rosa, bien grande y cara, junto a una cartica con 5 o 6 tekieros, llevarla a una diskoteK y, tras un confuerza, preguntar si sí o no..

    que así no nos vas a dejar ni una bro!

  4. Mónica. dijo:

    Qué lindura tu escrito Javier. Me gusta como queda en la blogosfera cubana. Abrazos.

  5. Mónica. dijo:

    tu blog.

  6. Careless whispers, me deja sin aliento, qué abuso de sensaciones…

  7. marlene dijo:

    muchas sensaciones en pocos minutos muy hermoso

  8. Liz dijo:

    Tan genial que releerlo no basta. Muchas gracias Ariel.

  9. abelardo dijo:

    siempre es lindo poder parodiar a Oliverio y tener una propia versión

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