¡Ay, Cuba, no me digas qué, dime cómo!

Esa fue la frase de un buen amigo al enterarse antes de las seis de la mañana por el sitio digital del periódico Granma de la liberación de la venta minorista de vehículos automotores para personas naturales cubanas o extranjeras residentes en el territorio nacional.
Con ánimos de criticar la medida, pudiera referirme a que si no se comienzan a construir calles y reparar las actuales de inmediato, colapsará la avejentada y y escasa estructura vial o a los ánimos desinflados de aquellos (varios miles, seguramente) que tenían cartas de autorización para comprar automóviles y que ahora deberán enfrentar los precios del mercado libre. Con ganas de ponerme puntilloso haría eso, pero no, pues el balance de la medida, me parece positivo.
En realidad, este post no está dedicado a hablar de la venta de “motos, autos, paneles, camionetas y microbuses, nuevos y de segunda mano”: esa noticia es solo un pretexto. Lo primero que hice fue alegrarme al leer la nota de Granma Luego, me puse a pensar en el impacto real que tiene en mi vida tal acto de buena fe por parte del Estado, hasta que llegué a la noción de que ninguno de esos actos influye de modo alguno en mi vida, al menos no positivamente.
Vayamos por partes, aunque sean solo las partes que puedo recordar.
Cuando hace algunos años se eliminó la prohibición a los cubanos de hospedarse en hoteles (algo que después nos dimos cuenta que nunca estuvo escrito en ningún lado), se eliminó también la posibilidad para los recién casados, los vanguardias nacionales, los héroes del trabajo y algunos funcionarios del Estado de hacerlo a precios en moneda nacional. Fue, sin duda alguna, una de esas medidas de buena fe.
El trabajo por cuenta propia, que ha explotado los precios de casi todo y creado un desabastecimiento de lo más entretenido debido a la ausencia de un mercado mayorista en el país, también es una medida de buena fe. Los agromercados de oferta y demanda, sin políticas reguladoras de precio y en el que todos los vendedores se ponen de acuerdo para mantener el mismo numerito en la tablilla es, definitivamente, una medida de buena fe.
Eliminar de una estocada las salas de proyección 3D, los locales de juego; donde se accedía a un tipo de entretenimiento fascinante y nunca antes visto, es una medida de buena fe.
Descolgar las tendederas particulares de ropa importada, en las que se encontraban prendas de una calidad y un precio que volvían a las tiendas estatales motivo trompetillas, es innegablemente, una medida de buena fe.
No crea usted que me lee, que estoy siendo irónico. En realidad creo que sea positivo que se vendan autos a la gente, que se vaya a los hoteles y que se haya autorizado el trabajo por cuenta propia.
Incluso puedo entender (aunque no comparta), las solución salomónica para las salas 3D, de juego y las tiendas de ropa. Hay quienes dicen que las salas 3D no cumplían varias regulaciones de seguridad para albergar público y que los vendedores de ropa no pagaban aranceles por importación. Es decir, es bueno que se vendan autos, que se vaya a hoteles, que se pueda viajar al exterior y que el trabajo por cuenta propia se reordene. Ya tenemos el “qué”, solo nos falta el “cómo”.
La mayoría de los cambios (palabra canjeada en los medios oficiales por “actualización”) han sido para bien, lo que para bien de pocos. El mismo uno por ciento (cifra que no conozco y que uso como recurso para remarcar escasez) que va a los hoteles es el mismo que viaja y que ahora podrá comprar autos.
Una cifra que sí me gustaría conocer es cuántas de esas personas que disfrutan de las nuevas libertades, se ganó ese dinero salvando vidas, dando clases o  manejando un metrobús. No se trata de dar la posibilidad, sino de crear la capacidad.
Que autorizaran a viajar o comprar autos, al menos para mí, es como que autoricen a pescar tiburones con las manos.
Tal vez ya viene en camino la medida que vaya en beneficio de la mayoría del pueblo trabajador, de los profesionales, de los técnicos que trabajan creando bienes de exportación, de los que se separan durante años de sus familias para vender servicios en el exterior y que, según dicen, es la principal fuente de ingresos del país. Tal vez está al caer un papel que no desemboque en el realce de la incipiente, pero visible, burguesía nacional y en la creación de un país de vendedores de pizzas y taxistas (actividades que en el mundo entero son relizadas por aquellos que no pueden ser ni médicos, ni ingenieros ni profesores universitarios).
Tal vez ya viene, incluso, podría ser mañana, pues quienes deciden en Cuba acostumbran a sacar los conejos blancos y las urracas negras de la chistera en un instante, sin aviso previo, cuando ya está decidido, sin darle la posiblidad a la prensa de criticar, juzgar o analizar.
Por eso me causa tanta curiosidad que el trabajo de Granma saliera publicado antes de que saliera la medida, pero eso es tema para otro post. Por el momento, me quedo con la petición de mi amigo: “¡ay, Cuba, no me digas qué, dime cómo!”.

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