La infancia inmemorial

alzheimerCuando me vio entrar sonrió, incluso creo que se ruborizó un poco, si es que aún podía aquella piel azulosa y transparente tomar tonos cálidos. Me senté en el sillón junto a ella y supe que era observado en otro tiempo, en otros ojos: unos ojos que a falta de futuro regresaban al pasado. “¿Por qué llegaste tan tarde?” fue la pregunta que abrió la conversación. Aquella anciana no me había visto en su vida, pero yo le era familiar. No me asombró, sabía que tenía un Alzheimer avanzado y que por momentos volvía a su adolescencia, a romper sillones con el esposo, entonces novio, hoy fallecido. Durante un rato conversamos, fundamentalmente sobre mamá, esa señora regia que no la dejaba estar fuera de la casa después de las ocho de la noche. En un momento, me acaricio los dedos con aquel amasijo de garabatos morados que eran sus manos, agarró las mias, bajó la mirada y me soltó como si estuviesen hechas de fuego. Estaba hundida en el horror: no reconocía sus propias manos. Lo entiendo, me imagino qué sentiría si me parara frente al espejo y me viera sesenta años más viejo. En ese momento, volvió al presente y me preguntó quién era, qué hacía allí, qué era eso sobre la mesa (el teléfono). Me pidió que le dijera el color de mi camisa, pues no se acordaba del nombre. Su hija me explicó: “cuando está en su sano juicio, no se acuerda de nada. Ni de mi nombre, ni de qué año es”. ¿Sano juicio? ¿Acaso estaba loca cuando tenía quince años? La historia de su vida fue triste. No estudió, no trabajó, solo crió hijos. El novio idílico se convirtió en un marido infiel y medio borracho. Yo no sé muchas cosas, pero sé que cuando me sujetaba la mano, estaba nerviosa y eufórica en su sillón porque “mamá podría entrar en cualquier momento”. Sé que cuando le dije “hay sol bueno y mar de espuma…” ella continuó “y arena fina y, Pilar quiere salir a estrenar su sombrerito de plumas…”, hasta el final de ese poema que de niño se recita de carretilla, pero que después de los veinte tenemos que esforzarnos para repetir. Sé que se veía feliz. Creo que su demencia era un refugio, pero no el escape a mundos idílicos de los que deliran, ni la compañía ficticia de los paranoicos. No. Era el encierro de una niña que se va a su cuarto de muñecas y libros de cuentos de hadas cuando los adultos la castigan sin saber que en el castigo tiene la recompensa. Cuando pudo controlar su pavor alguien le explicó su enfermedad. Se puso triste, muy triste. Luego se resignó y dijo “solo le pido a Dios que en mi inmemoria me permita recordarlo”.

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3 respuestas a La infancia inmemorial

  1. razonesabril dijo:

    Ariel es muy triste eso, mi abuela padeció este tipo de demencia, solo q cuando es avanzada, ellos- los enefermos- no pueden ni hablar, olvidan hasta pronunciar palabras y solo emiten sonidos como si fueran bebés que no conocen el lenguaje. Me toca d cerca lo q escribiste, un abrazo!! 😉

  2. Mahayana Bispo dijo:

    Es triste y bonito. Inevitable no dejar caer una lágrima, pues mi abuela sufre de esta enfermedad.

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